Seguimos escribiendo cartas de amor en tiempos excepcionales

Capaces, o no, de asumir que, fuera de nuestras narrativas como refugios ficticios, vivimos estados de excepción no declarados; nos enfrentamos a la liquidez tercermundista de las relaciones frente al colapso civilizatorio y la guerra declarada contra los cuerpos.

Pienso lo anterior, como resultado de sentir durante meses la dificultad de resistir colectivamente si vivimos en la condena del individualismo como obligación soberbia, ante el contradictorio desgaste de (intentar) construir otras formas de relacionarnos con l@s otr@s. Es decir, de qué hablamos cuando hablamos de amor en mitad de la crisis sistémica y la depravación de las violencias patriarcales acechando nuestras casas, nuestras escuelas, nuestras camas. ¿Será que seguimos en el terco empeño de derramar nuestra ternura en tierra baldía, porque eso significa resistir contra el cinismo al que estamos determinadas, por las formas en que nos mal-quieren aquellos (-sí, en masculino-) con quienes convivimos?

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I. Lo personal, más que nunca, es político.

Militar, como mujeres, en anquilosadas estructuras partidistas u organizativas con fuertes reminiscencias del vanguardismo revolucionario, déjenme decirles que no sólo es anacrónico y deprimente sino innecesariamente perjuicioso. Innumerables crónicas de denuncia han delineado burlonamente, no sin rabia e indignación, al macho de izquierda. El activista, militante, “compañero”, dedicado a la reproducción de la violencia al interior de las organizaciones de todas las maneras, desde la desvalorización de las mujeres como compañeras capaces de insertarse en la participación política, la cosificación sexual de las mujeres al interior de los colectivos (creando los harems revolucionarios como estrategia y táctica y un fin en sí mismo), hasta la violencia psicológica más evidente y los casos de agresiones físicas que han derivado hasta los feminicidios.

Entender la genealogía capitalista como sanguinariamente patriarcal es atestiguar que el fracaso de los movimientos revolucionarios de los dos pasos1 era lógico e inminente. Sin embargo, atestiguar la toma del poder o, mejor dicho, de la administración del Estado por estos movimientos y su posterior advenimiento en violentos y totalitarios aparatos burocráticos cuya retórica marxista pasó a justificar un capitalismo estatal; no basta para comprender que detrás de dichas estructuras de poder “revolucionario” y sus lógicas pragmáticas diseminadas por todo el mundo, existe una incomprensión, sí ideológica, sobre el capitalismo y, por ende, una praxis revolucionaria sumamente patriarcal y, qué pena, machista.

Asumir que la lucha de las mujeres es sólo una cuestión de justicia histórica y que nos corresponde sólo a las mujeres enfrentar la dimensión patriarcal y sus abdicaciones machistas en cada territorio es una limitación teórico-práctica de quienes se asumen anticapitalistas. A mi entender, la despatriarcalización es inherente a la lucha contra el sistema que, hoy más que nunca, nos amenaza de manera total, objetiva y subjetivamente. Las relaciones de poder, todas, deben ser combatidas, al mismo tiempo que se construyen las nuevas formas de interacción económica y social sobre las cicatrices dejadas por el capitalismo.

No basta, pues, con que la vieja (van)guardia se disfrace con el folclor local y, a modo con los nuevos tiempos, asuma discursivamente los posicionamientos de la lucha feminista. Se tiene que comprender colectivamente que una nueva práctica política al interior de los colectivos y organizaciones es urgente como condición de y para la comprensión dialéctica de la evolución histórica del capitalismo y sus formas de acumulación que nos remiten, una y otra vez, al sangriento origen en el cual las mujeres fueron, son, asesinadas y torturadas material y simbólicamente como pilar del propio sistema.

Que las zapatistas hablen de amor, y desamor, en voz del sub Galeano, en el recién encuentro “¿Prohibido pensar?” no es fortuito ni aislado. ¿Qué sucede cuando se nomina lo femenino y cuando las marginadas resistencias, siempre permanentes, empiezan a emerger como el rostro de una rebeldía total, como el sistema al que desafía, y se atreven a convocar a la utopía sin recetario ni vanguardias? ¿Qué sucede, incluso, cuando lo más íntimo y cotidiano, por muchos banalizado y comúnmente adjetivado “cosas de viejas” es desplazado hasta la nominación en el centro de lo político como elemento fundamental de la lucha?…

Te van a romper el corazón y parece que el mundo se va a acabar, pero no se acaba. Te vas a enamorar y luego ya no te van a querer, o tú vas a enamorar y/o luego ya no vas a querer. Te van a romper el corazón y tú vas a romperle también el corazón a alguien y, cuando pasa eso, parece que no pasa el día, que. el mundo se va a acabar. No tengas miedo, compañera, tras que no se acaba, pasa. Entonces, que cuando te pase eso no te desanimes, ven y cuéntanos, porque nosotras ya lo pasamos.2

Detrás de esa tierna solidaridad entre las generaciones de mujeres zapatistas, que han entendido la necesidad de compartir la herencia de una lucha en todos los frentes, hay una trascendental irrupción de las mujeres en la construcción autonómica del proceso organizativo. Es un nosotras colectivo frente a la obligada individualidad de la mujer como forma de sobrevivir al machismo en sus diversas formas de éxito y empoderamiento; la comprensión de la temporalidad de una lucha que trasciende los dolores personales y los subsume en la colectividad sanadora del tiempo en su flujo rebelde y resistente.

Esas palabras, que nos tocan, porque sentimos propias las afrentas del amor romántico en sus diversas modalidades de desprecio -y autodesprecio-, son consecuencia de una praxis política muy otra que, sabiéndolo o no, ha materializado las demandas insufribles de las feministas, muchas de ellas marxistas, que visibilizaron la explotación doméstica como forma de explotación o extensión del esclavismo -siguiendo a Engels-. Podríamos afirmar que la transformación en las comunidades zapatistas transita en ida y vuelta entre lo material y lo simbólico, poniendo en jaque las propias reminiscencias de una cultura machista y patriarcalmente dominante, creando relaciones sociales que trastocan la lógica del capital. Es decir, la rebeldía, contra un sistema total en sus formas destructivas, es también total y permanente, por tanto, no es casual que la lucha de las mujeres adquiera un matiz esencial en la práctica libertaria de los y las zapatistas, indígenas y no, ni que desde su aparición pública el movimiento hable del amor, de los otros amores, de los modos y ni modos del amor, pero también del valor de ese amor muy otro del ser colectivo como apuesta constructiva.

Magdalena, yo sólo quería decirte que me gustas y que quería acercarme a ti. Pero acercarme como un hombre se acerca a una mujer que le gusta. Algo así como tomarte de la cintura y acercar tus pechos al mío, acercarme a tu cuello, decirte algo tierno y dulce al oído, mordisquear las manzanas de tus mejillas y llegar a tus labios con un beso, imaginarte un jadeo si mis manos te rehicieran los senos, intuirte un sueño si mi abrazo te tomara prisionera la cintura, soñarte soñando conmigo dentro y dentro mío. ¿Hago mal en desearte, en que mi piel quiera tocarse en la tuya, en buscarte para encontrarte como se encuentran un hombre y una mujer que se gustan, es decir, desnudos y sedientos? ¿Hago mal en decirlo o en hablarlo con silencios?3

Es este el fragmento de una carta entre Elías Contreras, comisión de investigación del EZLN, para La Magdalena, quien no es ella, ni él, sino una otroa, como de por sí es ese amor ficción que se imprimió luego en los textos El amor, sus modos y ni modos(2007). “Las mujeres quieren que las respeten” es el desenlace del radiocuento La bruja Panfililla y la princesa Pánfila que se transmitió por Radio Insurgente en territorio zapatista en 2004 y que concluye con una crítica a la belleza como condición para ser o no amadas. Se cruza en la territorialidad liberada los signos de un mundo en decadencia y las posibilidades de construir desde el amor otra política, otra lógica de relaciones, otra economía, otros amores.

II. Yo lo que quiero es encontrarte para invitarte a perderte conmigo…

Leo por WhatsApp las fotografías de una carta escrita en tinta azul; es una declaración de principios, es una declaración que invita a que comience el amor; es un papel doblado como si hubiera sido condenado a un cajón o a perderse entre las hojas de una libreta, o que quizá fue recuperado de la basura sólo para que yo lo leyera. Esas palabras me cimbran, con seriedad tiemblo; me pregunto si es anacrónico amar y esperar ser amadas por hombres posmodernos que no están dispuestos a transformarse junto con nosotras, a pesar de todas nuestras contradicciones históricas, que no les interesan nuestros discursos y peroratas sobre construirnos juntos, querernos bonito.

La carta fue recibida por quien desbordó ese amor culpable de existir para ser ignorado. No hubo respuesta: “Cómo puede alguien no sentir latir ahí la vida, la resquebrajadura del inminente fin de la Historia y del amor.”

Pienso intensamente, buscando entender y explicarme la incapacidad de materializar en nuestros cuerpos y territorios esa resistencia provocadora y libertaria de construirnos desde el amor, colectivamente, sorteando cuidadosamente el “feminismo” de arriba y la mercadotecnia que ya vende a través de nuestro hartazgo; cómo transitar en esa lógica que trastoca las temporalidades capitalistas, si vivimos inmersas en el miedo. Tenemos miedo a ser asesinadas en la calle, a ser violadas una tarde en que caminamos por alguna calle solitaria, a ser desaparecidas cuando una camioneta maneja quedito y cerca de nuestros pasos, que asumimos el paradigma de la austeridad en nuestras relaciones cotidianas. Aquellos con quienes intentamos con paciencia construir y reconstruirnos ¿están interesados realmente en deconstruir ese tipo de amores patriarcalmente dominantes junto con nosotras o, como recién he leído en La Crítica, únicamente alargan relaciones para validar sus cuerpos con nuestros cuidados?

No es ilógico que cada vez más y más artículos, (que, además, tengo la sospecha que sólo leemos mujeres, cierto tipo de mujeres), hablen de la renuncia a las relaciones heterosexuales como mecanismo de autodefensa feminista. Me cuesta, me duele, me sobrepasa; a mí, que creo que es posible, necesario, fincar la lucha colectiva en nuestras más inmediatas colectividades íntimas y fortalecer desde ahí nuestras praxis, enseñar-nos mutuamente, con nuestras parejas, compañeros, no sin dificultad, tejer esos otros mundos posibles a que nos aferramos con las únicas fuerzas, luego de una serie de derrotas anunciadas de esos intentos de amar bonito y diferente. No pido que las compañeras laceradas de hartazgo y de rabia renuncien a sus propios caminos de sanación y reconstrucción, cada vez que las leo me inspiran con su fuerza y su empeño de decidirse a vivir a pesar de todo y todos. Por las que han sido golpeadas, mutiladas, asesinadas, desaparecidos sus cuerpos y burladas sus memorias, creo que nuestra resistencia y rebeldía política debe seguir empeñada en revolucionar nuestras relaciones, aquellas que se agazapan detrás de nominaciones amorosas para seguir dominando y violentándonos. ¿Cómo? Pues ahí todavía me cuesta dar y darme respuestas muy concretas, porque es cansado y lastimoso sentir que rogamos por amor a quienes no están dispuestos a construirlo junto con nosotras y ahí empieza también el largo camino de la desesperación y la tristeza si no estamos juntas, si no nos abrazamos y platicamos de eso que nos duele del amor y sus tormentas.

Queremos y necesitamos hablar de amor porque el amor es una relación política que es fundamental cuestionar y no abandonar, debe ser nuestro campo de batalla, nuestra arma, nuestro horizonte, nuestra fuerza, nuestra utopía, puesto que es nuestro talón de Aquiles, el río envenenado a donde abrevan todos nuestros miedos y contradicciones. Claro que nuestro amor es desbordante y no radica únicamente en aquél que compartimos en los espacios domésticos e íntimos, pero -creo- es esa la cabeza de la hidra que no hemos podido cercenar y la que nos fustiga de formas tan sutiles que nos descubrimos esclavas en sus brazos, porque son esas ataduras las que no permiten ver la opresión completa y que detrás de un macho está el capitalismo, que el auto-odio infringido por el rechazo de los hombres no es un daño colateral sino un objetivo claro del sistema: la destrucción total de nuestras vidas.

Tal vez un día dejemos de escuchar La jardinera cada vez que lloramos frente a nuestras macetas, luego de una batalla campal en que nuestro intento de amar nos ha destrozado enteras y podamos responder a la pregunta de Violeta ¿Qué he sacado con quererte? Poder decir que el amor, aunque se acabe, no dejó a nuestro corazón (humillado, engañado) y sus mil pedazos al borde del suicidio permanente; que cada relación nos hizo crecer y no “a chingadazos” sino tiernamente y despacito; que hemos aprendido a tocar a los demás con nuestras fortalezas y no con nuestros inquisitivos miedos; que con nuestros compañeros nos estamos preparando para vivir y sobrevivir al colapso; que le estamos abonando juntxs a que estas soledades se compartan hasta que colectivicemos nuestras vidas, como una decisión política que construya nuevos mundos y se rebele contra la liquidez posmoderna de un capitalismo en crisis: Nos armaron y nos volvieron a armar, pero de otra forma. Y esa era la única manera de sobrevivir.”4

Será que, pese a la podredumbre del mundo, seguimos, a pesar de todo, queriendo querer, aunque eso no logre cimbrar las barcas sobre las que navega el miedo de algunos a los que amamos… Es que somos partidarios de una ética política que es capaz de agrietar el muro, que es capaz de rebelarse contra los relojes de arriba, que nos muestra la posibilidad de que una niña pueda nacer y crecer sin miedo.

Cualquier hombre que logre ser pareja de cualquiera de ellas va a tener que aprender mucho, va a tener que ir como cuesta arriba, remontando un cerro, pero va a tener mucho que ganar como ser humano, como luchador y como zapatista; cualquier hombre que logre ser su pareja, o cualquier mujer que logre ser su pareja.5

Esa es una aspiración, pero no mero individual, sino colectiva, porque solas quizá nos devoren antes las advocaciones de la hidra capital-machista que viven en nuestra cabeza, antes de que podamos salir al mundo fuertes y valientes para cambiar todo eso que nos lastima y extermina nuestras formas de vida.

Sabemos que hay muchos referentes para eso que llaman amor, que si la atracción física, sexual, la compatibilidad de carácter, “sentir chido”, o estar tranquila/o, porque muchas compañeras cuando les dices “oye, pero si quieres al compañero” y la compañera dice “sí, con él estoy tranquila”. Tal vez eso que llaman amor tal vez se trata de ser un mejor ser humano.6

De repente dilata, pero ya vamos a ser más” Niña Defensa Zapatista

Referencias:

Marcos, S., & Le Bot, Y. (1997). El sueño zapatista (Vol. 34): Ed. Anagrama Barcelona.

Marcos, S. “Las otras miradas del amor”, Parte III de “El amor, sus modos y ni modos”, 15 de junio de 2007, Guadalajara, consultado en:

http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2007/06/15/las-otras-miradas-del-amor-parte-iii-de-el-amor-sus-modos-y-ni-modos/

Wallerstein, I. (2003). ¿ Qué significa hoy ser un movimiento anti-sistémico? OSAL(9), 5061.

1 (Wallerstein, 2003)

2 Palabras de la intervención de la comisión sexta en el “Miradas, escuchas, palabras: ¿prohibido pensar?”, martes 17 de Abril, consultado en: http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2018/04/15/transmisiones-del-conversatorio-miradas-escuchas-palabras-prohibido-pensar/

3 Narración del SCI Marcos “Las otras miradas del amor”, Parte III de “El amor, sus modos y ni modos”, 15 de junio de 2007, Guadalajara, consultado en:

http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2007/06/15/las-otras-miradas-del-amor-parte-iii-de-el-amor-sus-modos-y-ni-modos/

4 SCI Marcos en entrevista con Yvon Le Bot (1997)

5 Palabras de la intervención de la comisión sexta en el “Miradas, escuchas, palabras: ¿prohibido pensar?”, martes 17 de Abril, consultado en: http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2018/04/15/transmisiones-del-conversatorio-miradas-escuchas-palabras-prohibido-pensar/

6 Ibídem

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Ana Felix Pichardo

Hago parte de la Red de apoyo al Concejo Indígena de Gobierno (CIG) de Zacatecas. Participo en un colectivo adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Colaboro con la plataforma continental de comunicación Somos una América Abya Yala www.somosunaamerica.org Continuamente escribo poesía y crítica. Zacatecas, México.

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