Lo primero que sentí fue vergüenza. Por todas las veces que dije “maraca” refiriéndome a alguna compañera. Por las veces en que las culpé de mis inseguridades y penas, sin ver al verdadero enemigo. Por las veces en que me alegré de la desgracia de aquellas que no me caían en gracia. Y, aún más, por verlas sufrir sin hacer nada, por juzgarlas y nunca antes preguntarme siquiera cuál era la tormenta que cubría sus caminos.
Entendí que todas caminamos con tormentas y que lo hermoso de ser mujer es que siempre podemos seguir, sin que nadie note el peso de nuestras cruces, con esa fuerza que nace de la uterita y nos obliga a ponernos de pie. La misma que nos permite parir, sobreponernos y soportar el dolor más grande. Físico, emocional, da igual… podemos con todo.
Entendí también que no es bueno ocultar las dificultades, lo que nos pesa, porque siempre, SIEMPRE, habrá alguna bella mujer que ofrecerá su hombro, feliz de poder ser soporte en momentos de dificultad.
Nací en un pueblo rural, de dinámicas muy machistas y conservadoras. En mi incomodidad y confusión, estuve muchos años comportándome como hombre para validarme, desafiando los estereotipos, pero en el camino equivocado. Creí ser rupturista y sólo fui una machista de falda. No caí en cuenta de que lo más rupturista que podía hacer era justamente SER MUJER.
Empecé a recorrer la historia de las mujeres que me rodeaban y antecedían, a atar cabos, a admirar y amar profundamente a mis ancestras por su fuerza, su coraje, por los enormes ovarios que tuvieron todas al soportar y sobrevivir en espacios donde estaban tremendamente sometidas y resilientes, preocupadas generalmente del otro, del bienestar de todos, y olvidándose de sí mismas para mantener el equilibrio necesario en una sociedad violenta y machista por excelencia. Pero ya no más… merecemos comenzar a vivir y dejar de sobrevivir.
Creo que de haber conocido antes la sororidad me hubiese evitado miles de trancas, me hubiese aceptado mucho antes y mis lagrimales estarían mucho menos explotados que hoy, sin embargo, fue en el momento justo. Necesitaba estar lista para entender el maravilloso mundo que se esconde en estas cuatro sílabas y para caminar aprendiendo y aprehendiendo las maravillas de ser feminista.
Una vez una abuela sabia, con mucho camino en sus pies, me ayudó a ver y creer en mi poder interior. Me juró que apoyándome en él podría soportarlo todo, y era cierto. Dejé de ser víctima de esta sociedad opresora y decidí hacer algo al respecto. Creo que de eso se trata, quizás podemos partir por intentar ser como esa “abuela sabia” para alguien más o, al menos, tomar conciencia de nuestro poder interior y, desde ahí, sumarnos a esta lucha.
Como dice Simone de Beauvoir “lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”. Sin las amigas que la vida me ha regalado en el camino, jamás hubiese entendido lo importante de este proceso, sin conocer sus historias, sin verlas luchar, sin admirarlas y amarlas intensamente como lo hago, nunca hubiese tenido el coraje de lanzarme a este camino que, creo, estoy recién comenzando.
Por nuestras madres, hermanas, las hijas que –de querer- algún día tendremos. Por las chiquillas a las que “no representamos”, las de mente nublada, por aquellas sometidas, resilientes, y por las que abren camino en esta revolución…
¡Arriba las que luchan!

Leave a Reply