“Mujer, es también uno de los hitos de la injusticia de este país y del mundo entero.»

“Los museos, la estructura de mercado del arte, también se han dedicado a marcar esa diferencia, a pesar de que hoy en día uno ve más mujeres artistas, todavía en los museos históricos el 80% son obras de hombres”. 
Jennifer McColl, bailarina e investigadora chilena.

Cuerpo, memoria, danza, creación, fotografía, política. Espacio. Cuerpo de nuevo. El cuerpo como componente político. Movimiento, memoria. Nació en 1980. Mientras hablábamos -de nuevo- sobre cuerpo, mujer, espacio, memoria, me decía “soy alta y rubia. De ojos azules. Vivo en Chile y eso me determina, me determina cómo la gente me ve a primera vista. Soy grande, no soy chica, y cada una de esas cosas son políticas, cómo uno camina en la calle, cómo uno se relaciona con el cuerpo del lado, los lugares que habita de la ciudad”.

Se trata de Jennifer McColl Crozier. Bailarina y licenciada en Arte de profesión, MPhil in Performing Art Research en Inglaterra, ha desarrollado diferentes trabajos relacionados con investigación, creación y la  academia. En los últimos años se ha dedicado a buscar, seguir, analizar y rescatar -aunque muy pocas veces usa ese término- a importantes figuras del arte, hoy mayores, que continúan creando pero no han sido lo suficientemente conocidas en Chile a pesar de sus destacadas obras. Su conversación rápidamente cae en nombres como las bailarinas chilenas Sylvia Palacios Whitman y Carmen Beuchat, la coreógrafa y bailarina Trisha Brown, el realizador audiovisual Jaime Barrios, o los fotógrafos Marcelo Montealegre y Alfonso Barrios. Tras desarrollar un amplio proyecto sobre Beuchat, que incluye la creación de su archivo digital www.carmenbeuchat.org, remontajes, publicaciones de libros como ‘Carmen Beuchat: Modernismo y Vanguardia’, “un mundo muy bello que no es solamente la obra, sino la vida que genera ese tipo de obras”, ahora se encuentra siguiendo a Palacios Whitman en una nueva investigación sobre sus procesos creativos. “Su imaginario es muy latinoamericano en un punto, pero muy basado en exploraciones del cuerpo. Eso es lo que me interesa a mí, una artista que se fue muy joven a Estados Unidos, que desarrolló obra allá y de la cual no tenemos idea. Es un poco como traerla hacia acá”, me cuenta.

Además de las temáticas que desarrolla en la actualidad, Jennifer se ha interesado en la relación entre el cuerpo y la tecnología, la astronomía, los aromas, el desarrollo médico, industrial y militar, y su apropiación desde el arte escénico para amplificar los sentidos del cuerpo.

¿Por qué trabajas desde el concepto de memoria?, ¿cómo te relacionas con ella, con el rescate, con esta búsqueda constante?, porque más allá de los temas o las personas, en tu trabajo siempre está esa necesidad o pilar, qué va uniendo, qué mantiene vivo algo para que no se pierda.

Es compleja esa relación que tengo, porque evito usar la palabra rescate. Incluso cuando la uso, lo hago de manera radical, como ‘ejercer el derecho al rescate’. Tenemos el derecho de rescatar nuestra historia. Y con nuestra historia no me refiero a la historia chilena, porque no soy nacionalista, sino a lo que nos compete, lo que nos es cercano, lo que nos interesa.

En general está súper mal utilizado el concepto, porque genera la sensación de “qué lindo, va a rescatar el pasado”, y una no quiere rescatar el pasado porque este sea importante, o más importante que el presente, sino que es una mezcla de un montón de cosas: Una, estos personajes con los que estoy trabajando, probablemente en diez años más no van a estar con nosotros. Entonces al escuchar esos relatos orales, reunirse con estas artistas, entrevistarlas, hacerles las preguntas, es también el gesto de decir: más allá de lo que cuenta la historia cuando alguien muere, me interesa lo que cuentas tú sobre tu propia vida. Esa forma de “rescate” de la voz de la persona. Y por otro lado, no podemos entender nuestra existencia actual si no entendemos lo que nos ha pasado. Es una forma de hacer presente, de las supervivencias constantes. Tiene que ver con pensarnos hoy día, crear hoy día en torno a estas otras figuras. Mirar para atrás para generar reflexión hoy.

¿Cómo decides investigar a Carmen y a Sylvia?

Hace mucho que tenía ganas de conocer más sobre el trabajo de Sylvia, porque hay muy pocos registros ya que hizo obra muy condensada en un periodo de tiempo. Fue un poco fortuito porque Sylvia y Carmen bailaron en la primera compañía de Trisha Brown en Estados Unidos entre el 70 y el 74. Ellas se conocieron ahí, en ese contexto. Dos chilenas bailando en la Compañía de Trisha Brown, y tú miras la historia en Chile y nadie tiene idea de estas cosas. Eso fue lo que me llamó la atención de Carmen al principio, hace más de diez años, cuando la conocí. Todo el mundo hablaba sobre esta coreógrafa, bailarina, que se había ido a Nueva York, que había trabajado con Robert Rauschenberg, Juan Downey, Gordon Matta-Clark, y nadie sabía realmente qué había hecho. Ese fue el primer ímpetu para escribir el primer libro. Y a través de eso conocí el trabajo fotográfico de Marcelo Montealegre, que tiene unos registros maravillosos de la resistencia política chilena en el Nueva York de los 70s, y a Sylvia, de quien me interesó muchísimo la estética que tenía en sus obras, muy distinta a la mayoría de las cosas que yo había visto de la época.

Desde lo más político, ¿cómo ves al Chile de hoy, qué te parece?

Me parece que es un país injusto, un país tremendamente injusto, en todo. Desde la brecha económica que existe, que es aberrante. Ya no nos consideran un país tercermundista y tú piensas: los cálculos están mal! Es injusto también en términos políticos de la política con mayúscula. No sé cuántos países en el mundo habrá con este  nivel de esquizofrenia política. Es un país muy miedoso también. Miedoso de cosas simples, yo creo que de los lugares que he estado en Latinoamérica, es uno de los países donde tenemos más miedo a relacionarnos con el otro, miedo a los espacios públicos, cívicos. Creo que ahí tiene mucho que ver los años de dictadura. No sabemos pensar distinto los unos a los otros y discutir sobre eso. Siempre tenemos que estar de acuerdo, entonces decimos que sí cuando en verdad pensamos lo contrario y cambiamos de parecer muy rápidamente. Tenemos una historia en la que decir lo que piensas te puede hacer desaparecer. Es violento. Hasta el día de hoy queda ese rastro muy latente. El miedo al otro.

Y en ese mismo contexto, ¿cómo ves la danza actualmente en este país?

A mí me gusta mucho lo que está pasando con la danza. Creo que ha pasado, no sé si con todas las artes, pero con las artes visuales también, donde vemos que hay un montón de galerías pequeñas que hace diez años no existían. Ahora encuentras proyectos de resistencia, de resiliencia, abiertos y permeables a lo contingente, a lo contemporáneo, que se mantienen en pie. Muchos que abren y desaparecen también. Tienes un montón de estos espacios, y en danza pasa lo mismo. Creo que la danza tiene una cosa muy rica, que se ha abierto a muchos otros lenguajes de relación con lo visual, sonoro y sensorial. Hay un ejercicio de búsqueda, de relación del cuerpo con lo visual, con lo lumínico. Entonces empieza a expandirse el campo. Se generan más tipos de obras, siguen existiendo obras modernas que te cuentan una historia, pero también hay otra búsqueda mucho más contemporánea o abstracta. Y también muchas más exploraciones, encuentros, residencias, espacios como Checoslovaquia, espacios de ensayo abiertos a que sucedan un montón de cosas. En barrio Yungay: Nave, etc.

En regiones también hay mucha cosa pasando y están ahí entre los talleres, la conversa, discutir, amplificar los sentidos de la danza en todos sus ámbitos posibles. Eso me parece maravilloso, y también con el trabajo más teórico en danza en Chile, ahora ves que existe el Núcleo de Investigación sobre Corporalidad y Artes Escénicas (N.I.C.E.), Danza Sur, empiezan a haber muchos más proyectos reflexivos. Documentales, libros, aparecen otros aparatos de reflexión y eso me parece que abre las compuertas y deslava los límites disciplinares. Ahora, nos falta un montón, sobre todo hacer que de alguna manera estos proyectos puedan mantenerse en el tiempo.

El tema allí son las políticas culturales, pasa con todas las artes, no sólo con la danza, con el teatro, artes visuales, que hay proyectos que idealmente podrían tener un financiamiento estatal constante. Actualmente los fondos te permiten hacer un montón de cosas, perfecto, pero nadie vive de hacer esos proyectos. Si tú quieres dedicar tu vida a pensar el cuerpo en las artes escénicas, la tienes difícil.

¿Cómo defines tu relación con el cuerpo?

Qué difícil.

Jaja, sí, me imagino que debe ser difícil, yo te lo pregunto no más.

Sí, mañana te respondo!

Lo primero que se me viene a la mente es una frase de una coreógrafa española, se llama Olga Mesa, que en una de sus obras que vi hace muchos años, 2003 en Madrid decía: “esto no es mi cuerpo, esto soy yo”. Es decir, a mí no me pertenece mi cuerpo, yo soy un cuerpo. Yo no habito este cuerpo, esto es lo que soy, esto es lo que me constituye y por tanto es político, en el sentido donde uno se para, de tu perspectiva. Yo soy alta y rubia. De ojos azules. Vivo en Chile y eso me determina, determina cómo la gente me ve a primera vista. Soy grande, no soy chica, y cada una de esas cosas son políticas, cómo una camina en la calle, cómo una se relaciona con el cuerpo del lado, los lugares que habita en la ciudad. Yo vivo aquí porque camino, porque necesito caminar para poder ver la ciudad. No tengo televisión, porque al caminar te das cuenta que están todos los cuerpos, sujetos ahí, habitando el parque, la calle. Y tienes eso, cuerpo, que no es solamente cuerpo objeto, es cuerpo sujeto, cuerpo vivo.

¿Cómo decides empezar a investigarlo?

Mientras estudiaba Arquitectura en Valparaíso un día me di cuenta que en verdad me interesaba el cuerpo. Siempre me ha interesado el espacio, por supuesto, la arquitectura en ese sentido es maravillosa, pero en ese momento de mi vida lo que yo quería explorar era esto otro, así es que me fui a estudiar Danza a la Universidad ARCIS, con la idea de analizar el cuerpo, de entenderlo, de comprender por qué nos movíamos como nos movíamos, por qué ocupábamos los espacios de la manera en que los ocupábamos, con una idea más analítica, quería entender algo, tenía una búsqueda. Y en la carrera de Danza me encontré con un contexto en el que pedían más bien expresar tus emociones. Y yo pensaba, es que yo no quiero bailar al amor! En ese período tuve varias pugnas, pero después de eso uno va encontrando sus caminos y me encontré con Carlos Pérez Soto, que es un teórico chileno maravilloso, que su línea de trabajo es otra, pero que estaba muy metido en danza en esa época, y todavía, y le pedí que me prestara libros, yo quería leer, entender, y me metí hacia la teoría sobre el cuerpo. Más que sobre la danza misma, sobre el cuerpo.

 

¿Cómo definirías, o qué es para tí, ser mujer?

De todas las preguntas que me hiciste, esta es la más difícil. Te voy a responder similar quizás a la pregunta de la relación con el cuerpo, con mi cuerpo. Uno es esto que es, mujer. Mujer es también uno de los hitos de la injusticia de este país y del mundo entero, casi. Los museos, la estructura de mercado del arte, también se han dedicado a marcar esa diferencia, a pesar de que hoy en día uno ve más mujeres artistas, todavía en los museos históricos el 80% son obras de hombres. Hay una deuda muy grande, tan grande que es irresoluble, no tiene una solución, no vamos a llegar a un punto de equilibrio. Tenemos Finlandia, pero también tenemos a Sudáfrica y muchos países asiáticos donde la distancia incluso es más grande que aquí. Ya experiencialmente uno vive el miedo, el miedo de ser mujer en una ciudad como esta. De caminar por la calle, de la mirada, de la palabra, del maltrato, de esa violencia, esa agresividad constante que es una de las cosas que a uno le hacen incluso, destacar más el gesto que hacen mujeres como Sylvia cuando se va a los 18 años, o de la Carmen cuando se va a crear obra a New York. O sea, son decisiones incluso más grandes por el hecho de que sean mujeres.

Uno sueña con el día en que esto no sea un tema, y que no sea un tema porque está resuelto y porque una se siente segura y porque una se siente validada. Y pasa en todos los niveles, macro y micro, desde reuniones donde una es la única mujer y debes decir las cosas más fuertes y más claras, para ser escuchada. Hasta los sistemas económicos desastrosos que hemos dejado implementar en esta región del mundo. Sí, tenemos una deuda enorme y es por eso que me parece maravilloso el movimiento feminista en la educación actual.

¿Hay algo que quieras agregar, decir?

Mmm, quizás una cosa que une todo lo que hemos hablado, las preguntas que me has hecho o hacia donde ha seguido la conversación, tiene que ver con el deseo. Para mí el deseo es algo fundamental, algo que te moviliza en todo lo que haces. Desde cómo ves el mundo, los proyectos que armas, la gente con la que trabajas, esa pulsión por estar ahí, haciendo, llevando cosas a cabo. El deseo como movilizador y como una función política, crítica. Sí, el mundo está como está, y hay cosas que no me agradan y por tanto, me genera este deseo, pulsión por ese cambio.

Hartos conceptos. Cuerpo, deseo, pulsión.

Jaja. Con esos ya tienes para un libro.

Sí. ¿Te molesta decirme tu año de nacimiento?

Para nada, el ‘80. Soy una ochentera.

Muchas gracias.

Tanía García Villanueva

Santiago de Chile, 1988. De profesión periodista, licenciada en Dirección de Arte y magíster en Cine Documental. Interesada en educación, política, memoria y género. Me gusta escribir, tomar fotografías, grabar, narrar. En cine he sido asistente de dirección y camarógrafa en diferentes proyectos. Trabajo para el Festival Internacional de Cine de Chiloé. Mi primer cortometraje documental se llama “Chicharra”.

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