19 abril 2017, Estación Central.
Hora de inicio indeterminada, porque la supervisora estuvo repitiendo que irían a dejarnos en camioneta al sector censal, y eso nunca pasó.
Casa 1
¿Cuál es su nombre?
Aide.
¿Cómo?
Así como suena, Aide. Así lo escribió el señor del registro civil, explica la mujer de 77 años.
Ella y su esposo, Luis (84), son las primeras personas que tengo que censar. Me esperan con desayuno y responden con amabilidad las preguntas. Primero él, luego ella, y todo en orden hasta la pregunta 19 y 20.
¿Cuántas hijas e hijos nacidos vivos han tenido en total? Y ¿Cuántos están vivos actualmente?
Los ojos de Aide se llenan de lágrimas, mientras contesta que tuvo 3 hijos. No obstante, solo uno de ellos está vivo. Mi hija murió a los 8 años, me costó mucho superarlo, y mi hijo falleció el año pasado de un problema a los riñones, relata.
La anciana se siente avergonzada de llorar, de reconocer lo difícil que ha sido para ella ver partir a un hijo, lo duro que han sido los últimos años desde un accidente vascular y de la caída que tuvo la semana pasada. Se seca las lágrimas, mientras guardamos silencio.
Les informo que hemos terminado el cuestionario y que debo seguir mi ruta. La abrazo y ella vuelve a llorar, nos separamos y ella me dice: “señorita, yo le dije mi nombre, pero no sé el suyo”.
Casa 2
La residencia la habitan Olga y Cristopher, su hijo menor y estudiante de ingeniería en la Universidad Católica. Lleva una taza de café hasta la mesa donde tengo mis formularios y me cuenta lo orgullosa que está de sus hijos, a quienes pudo dar educación universitaria trabajando como asesora del hogar durante muchos años, además de vender pescado frito, ropa, y cuanta actividad se le ocurrió.
Me pregunta si tendrá que responder sobre religión, que su hijo le dijo algo así y ella estaba confundida, porque tenía la idea que eso no tenía nada que ver con este censo.
Responde tranquila y pausada, mientras relata que esa casa la heredó de sus padres y que actualmente la tiene en venta.
En tanto, la taza vacía indica que debo pasar a la siguiente residencia.

Casa 3
¿Su nombre? Rosemarie, lo pronuncio en inglés y me corrige: no es así, mi nombre es catalán. La miro, esbozo una sonrisa y le preguntó si habla en catalán. Yo no, mi hermano vivió en España hasta el 2012, yo solo hablo chileno, dice mientras se sonroja.
En el sitio de la casa 3, además, hay una casa 4 donde vive una familia peruana, y una casa 5, donde vive Macarena, mujer de 36 años desencantada con la vida y el censo: “no pudieron preguntar cosas más importantes”, me increpa.
Casa 8
En este sitio hay 4 viviendas en la hoja de registro, pero dos familias se fueron, ahora solo están Rosa y Margarita. La primera vive sola, no tuvo hijos y pasa su vejez con dignidad; la segunda, por su parte, cuida a sus padres, a sus dos hijos y a su pareja, todo con un mismo sueldo producto de la cesantía.
Desde la puerta resolvemos el cuestionario y nos despedimos, mientras me dirijo a la plaza donde estará la coordinadora esperando los formularios para una revisión preliminar.
Al final del día el balance es positivo: 22 viviendas censadas.


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