Eva

Cuando llegó a la fábrica, después de varias semanas escondida en casa de su hermana, se sintió aliviada de poder caminar por la ciudad. Le era ajeno cada centímetro de esa inmensa ciudad, donde ella se sentía como una hormiga que en cualquier momento podía ser aplastada. Tenía que tomar dos camiones hasta llegar a la calle donde se fabricaban anteojos, el único lugar donde su cuñado pudo conseguirle un trabajo sin que le pidieran papeles. Estaba aliviada de poder salir a la calle después de tantos días sin poder asomarse a la ventana ni poder hablar con nadie que no fuera su hermana o su cuñado. Estar en medio de gente apresurada y apretujada por todos lados era como una bendición.

Cuando llegó a la fábrica, se sentó con las piernas muy juntas, tratando de tocar el piso con la puntita de sus pies, que quedaban colgando de la silla frente al escritorio de la administración. Recibió instrucciones del dueño de la fábrica sin que éste la volteara a ver siquiera, era un anciano español regordete, malencarado y con el pelo reluciente echado hacia atrás. Cuando por fin el jefe levantó la mirada para pedirle que se presentara en el taller a empezar su trabajo, a ella le dio la impresión de que el gachupín tampoco la miró en ese momento en que vio sus ojos verdes, sino que él observó a través de ella por unos instantes y volvió a bajar la mirada. Se sintió como un fantasma frente a aquél hombre, pero estaba a acostumbrada a serlo desde que llegó a esa ciudad, así que se retiró de esa oficina lo más rápido que pudo.

En el taller, sólo había mujeres trabajando con los cristales en unas mesas metálicas altas y muy grandes. Al fondo, en un escritorio diminuto, estaba un hombre, con una boina verde, ya de edad avanzada, quien al verla entrar le dirigió una breve sonrisa y esperó a que ella se aproximara hasta el escritorio. –Ya hablaste con don Jesús ¿verdad niña? –Eva asintió y esperó a que el hombre le dijera algo más; había aprendido que a los hombres se les escucha en silencio, aunque se queden callados por minutos, siempre tienen algo que decir. –Muy bien, ahora estarás aquí para ayudarnos con la limpieza de las máquinas y los instrumentos. Tengo que salir, pero aquí las muchachas te dirán todo. –El hombre, que resultó de muy baja estatura salió del taller y ella sintió un alivio al estar sólo con sus nuevas compañeras.

Las mujeres, mucho más grandes que ella pero aún jóvenes, la recibieron con sonrisas maternales. Después de explicarle detalle a detalle cuál sería su trabajo en la fábrica, le aconsejaron tener mucho cuidado con los químicos de la limpieza –¡Y toma mucha leche!, mucha, mucha. Cuando llegues a tu casa toma mucha leche. La señora que estaba antes se murió de cáncer o algo así. Dicen que por el ácido de los lentes, pero don Jesús la corrió un poco antes. Ya no duró mucho. –Ese día, mientras empezaba la limpieza de la maquinaria, Eva sólo escuchó esas palabras en su cabeza, que con tanta insistencia se habían ocupado de repetirle sus compañeras: “toma mucha leche”. De botellas sin etiqueta vació varias veces el líquido a un pequeño botecito, donde remojaba unos trapos verdes para limpiar cuidadosamente la máquina. Se grabaron tanto esas palabras en su mente que, mientras mecánicamente realizaba el trabajo de rellenar y mojar su botecito, desbarató la frase en sílabas para coordinarla con sus movimientos, hasta que llegó a perder todo sentido “to-ma-mu-cha-le-che” “to-ma-mu-cha-le-che”. “To” abrir la botella, “ma” vaciar el líquido” “mu” cerrar la botella, “cha” remojar el trapo percudido de grasa en el botecito, “le” exprimir el trapito verde, “che” pasar el trapo por alguna de las partes de la maquinaria metálica.

Ese día, camino al autobús, siguió repitiendo esas palabras hechas sílabas en su cabeza, al mismo tiempo que evitaba pisar las líneas del piso, ahí donde se juntan las baldosas de cemento y se acumula la tierra y la mugre de las calles. No comentó nada en casa de su hermana y se limitó a tomar un vaso más de leche del refrigerador. Lo que menos le preocupaba en esos momentos era morir de cáncer o que se le cayeran los ojos de tanto ardor que sentía. Eva se fue a la cama pensando en su madre, tan lejos y quizá tan destrozada en esos momentos por no saber nada de ella. Habían pasado meses desde que pudo mandarle una carta al rancho sin que eso pusiera en riesgo la vida de sus compañeros o la de ella misma. La noche en que Eva llegó a casa de Chayo con la ropa ensangrentada, muda, con la mirada perdida y una temblorina en piernas y manos que le impedían sostener una taza de té por más de medio minuto, su hermana la recibió sin preguntas pero con la condición de que se escondiera y no viera más a sus compañeros.

Los días en el trabajo adquirieron una monotonía casi familiar para Eva. En el rancho todos los días tenían el mismo ritmo, sucedían las mismas cosas, a caso a veces interrumpidas por algún suceso extraordinario. Como aquél día en el que don Antonio llevó al rancho esas reses altas y jorobadas; los niños y los hombres del rancho fueron hasta los corrales de don Antonio para ver con sus propios ojos a aquellos animales desconocidos. Las horas transcurrieron junto a los potreros, los hombres intercambiaron opiniones y recordaron las anécdotas de cuando les repartieron el ejido, mientras los niños organizaron sus juegos emocionadísimos con la llegada de las reses gigantes. Durante semanas, que luego fueron meses, las vacas de don Antonio fueron el tema de conversación en las casas, en las parcelas, en los juegos infantiles, en el molino, en el arroyo, hasta que fueron absorbidas por la monotonía que amenazaba todo lo que se atrevía a llegar al pueblo.

Sentía que los ojos le explotaban cuando empezaba a trabajar con los líquidos que necesitaba para la limpieza, eran tan fuertes que también le congestionaban la nariz a pesar de la protección del cubrebocas y las gafas. Ella era la única que manipulaba los químicos del mantenimiento, pero el olor obligaba a que todas sus compañeras utilizaran cubrebocas la mayor parte de la jornada. Un día Eva se sintió mareada y el señor bajito del escritorio le permitió que descansara en una diminuta silla colocada frente a la entrada al taller. Mientras veía a sus compañeras dando vueltas frente a ella, cerró los ojos y recordó el día en que entró a la tienda de don Andrés y vio en el periódico la convocatoria para entrar a la normal. Sin decirle a nadie, envío una carta para preguntar qué debía de hacer y a dónde tenía que ir para poder presentar examen. La respuesta a su carta no tardó y entonces la mostró a su madre, quien se emocionó tanto que le prometió acompañarla el día de la prueba.

Por las noches, ya cansada, no pensaba demasiado. A veces lloraba de tristeza, extrañando a su mamá, pero también por el ardor que sentía en los ojos y en las manos. Comenzaba a tener dolores en el pecho al respirar e imaginaba cómo sería morir de cáncer; intentaba no pensar en sus compañeros, pero las imágenes, imposibles de borrar para su memoria, de sus amigos sangrando en el suelo también le hacían pensar en su propia muerte. Pronunciaba las sílabas mágicas y, de a poco, se quedaba dormida: “To-ma-mu-cha-le-che” “to-ma-mu-cha-le-…” En el camión que la llevaba a la calle de las ópticas, mientras los escolares subían y bajan con celeridad, inevitablemente pensaba que sus compañeros seguían muy cerca de ahí en el plantón y se le revolvía el estómago. El día que le entregaron su primer sueldo se presentó, como cada una de sus compañeras, en la oficina de don Jesús, quien sólo pronunciaba, con desgano, los nombres de las trabajadoras y les alargaba el sobre amarillo por encima del escritorio, sin voltear a verlas. Eva le dio el sobre cerrado a Chayo para que lo hiciera llegar a su mamá.

El día que hizo su examen en la normal fue sorpresivo para Eva ver en un solo lugar a tantas mujeres juntas. Eran cientos de niñas como ella que habían viajado de todo el país para hacer el examen. Se sintió cómoda entre tantas mujeres, que se convertirían en sus hermanas, observó a su mamá que le mandaba besos desde lejos y supo que ese sería su nuevo hogar. Cuando volvieron por los resultados, su mamá lloró de alegría, pero como tantas otras mujeres lloraban de tristeza por no haber sido sus hijas admitidas, no faltó quien le diera una palmada de consuelo en la espalda. Ahora negaba ante sus compañeras que fuera estudiante, si don Jesús se enterara, no sólo la hubiera corrido, sino que con facilidad hubiera ido a la policía. Sus días pasaban entonces entre los olores de la limpieza de las máquinas y el ruidito que hacían sus compañeras al pulir los cristales. Eva pensaba si su madre ahora se sentiría arrepentida por haberla dejado estudiar o si se culparía por saberla muerta.

Don Isidro, que permanecía sólo a ratos en el taller, contaba un día hileras de diminutos cristales que había hecho sobre el reducido escritorio. Eva llevaba tiempo observándolo y luego de un rato se aceró para ofrecerle su ayuda, al parecer el hombrecillo contaba y contaba los cristales sin sentirse satisfecho con el resultado de los números. Con paciencia, Eva hizo torres con la misma cantidad de cristales, mientras anotaba en una libreta el número de torres que se iban acumulando en el escritorio. Cuando terminó su cálculo le pasó a don Isidro el número total de cristales y se alejó nuevamente a su rincón de trabajo. Don Isidro volteó a verla agradecido y muy serio empezó a escribir en la máquina de escribir las cifras que le había dado Eva. Las demás trabajadoras sospechaban cada vez más que Eva era una muchacha de escuela -¡Tú estudiaste, ¿por qué no quieres decirnos? –le decían en tono de broma cada que se presentaba la oportunidad. A Eva se le hacía un nudo en la garganta pero seguía determinada en negar su condición de estudiante fugitiva.

Una noche regresó con dolores más fuertes en el pecho y en la espalda a casa de su hermana. Sólo tuvo el atino de tomarse un litro de leche, no sin un poco de culpa por dejar sin leche a los demás y se fue a la cama, esperando que el líquido milagroso le salvara la vida, le quitara los dolores y la ayudara a olvidar la muerte que perseguía sus pensamientos. Soñó la última vez que estuvo en la normal, soñó que doña Engracia, la cocinera, le daba un beso en la frente junto con unas gorditas enredadas en una servilleta a cuadros. La eligieron secretaria general de la federación y tuvo que irse a la capital para estar con los demás comités de estudiantes. En su sueño su madre lloraba pensándola muerta, veía cómo los cadáveres de sus compañeros eran llorados por madres ajenas, pensando que eran sus hijos los asesinados por el ejército. Se vio a sí misma en una cárcel subterránea, húmeda, llena de cucarachas que le recorrían el cuerpo incapaz de moverse. Sintió cómo su cuerpo era carcomido por los insectos en esa lúgubre celda y al despertar lloró por seguir inútilmente viva.

No podía volver a la normal, hasta donde sabía estaban cerradas todas las normales rurales y los compañeros que no habían sido encarcelados, tal vez asesinados, habían vuelto a sus casas. Para Eva, la normal era su casa y sus compañeras sus hermanas, ahora quizá muchas de ellas habían muerto y ella lo único que se reprochaba era no haber caído también ante una bala. Ahora no tenía casa, ni madre, ni nombre. Había quemado todo aquello que la vinculara con el movimiento y se había quedado sin su nombre escrito en la credencial que la acreditaba como secretaria de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, por la que se había sentido tan orgullosa. Tuvo la esperanza que dentro de la fábrica le esperaba una muerte segura, aunque dolorosa, por el posible cáncer que le causarían los químicos de mantenimiento. Así continuaron sus días. Entre la resignación y la desesperanza llegó puntual a trabajar como una autómata que, mientras realizaba movimientos mecánicos, dejaba a su mente reproducir la cinta de sus recuerdos más felices en el rancho, al lado de su madre y sus hermanos.

La lástima que Eva les inspiraba a sus compañeras hacía que le tuvieran un cariño especial. Estaban al pendiente de ella y, al descubrirla tan lista, le pedían ayuda para hacer las cuentas de sus salarios. Se habían acostumbrado a su presencia tan reservada y encariñado con su sencillez, pero todas coincidían en que ese no era lugar para que una muchachita como ella terminada envejecida. Luego de aquel sueño, Eva había entrado en un mutismo mental irreparable. Caminaba sin pensar, ni siquiera en no pisar las líneas del piso; durante el trayecto en el autobús al trabajo veía los edificios sin imaginar a los que vivían dentro; mojaba los trapos verdes sin preocuparse por la muerte segura que le traerían esos químicos; volvía a casa de su hermana sin extrañar a su madre al verla reflejada en el rostro de Chayo; lo único que permanecía en su mente, sin tener sentido alguno eran esas palabras que sea habían grabado como una canción pegajosa “to-to-ma-ma-mu-mu-mu-chaaaa-le-ch-che.”

Eva ya ni siquiera se preocupaba por disminuir la ración de leche en casa de su hermana, lo único que quería ahora era que los químicos no tardaran tanto en hacer efecto en sus pulmones. Una madrugada la despertó un dolor entre el pecho y la espalda, acompañado de una tos intensa que la obligó a permanecer despierta hasta el amanecer. Al llegar a la fábrica estaba decidida a renunciar, a irse con sus compañeros que quedaban en el plantón, a pesar de que con eso renunciara al poco dinero que le mandaba íntegro a su madre. –De todas maneras ya piensan que estoy muerta –pensó al caminar despacio hasta el taller donde la mirada tierna de sus compañeras le impediría irse. Cuando estaba ya en el umbral de la puerta, don Isidro levantó la mirada y la vio con extrañeza, no era muy claro el sentimiento que reflejaba su mirada, pero a Eva le asustó que aquél hombrecillo tomara más tiempo del debido en observarla. –Te está esperando don Jesús en su oficina, niña, ve inmediatamente –Eva sintió un mareo y por unos instantes pretendió correr hacia la calle con todas las fuerzas que su cuerpo adelgazado todavía guardaba. Sin embargo, se sintió tan débil que sin pensarlo dio unos torpes pasos hasta la oficina del patrón.

Al entrar a la oficina observó con detenimiento el retrato que don Jesús tenía sobre el escritorio. Un par de niños rubios y con los dientes separados observaban fijamente a Eva, quien permaneció de pie, esperando que el dueño de la óptica le dirigiera la palabra. Los niños de la fotografía sonreían, a ella le dio la impresión de que se burlaban de todo aquél que entraba a esa oficina y era ignorado por los grandes y verdes ojos de don Jesús. Eva estaba paralizada, tomándose el tiempo para observar con cuidado los demás objetos sobre el escritorio del gachupín, que seguía escribiendo en un libro de contabilidad. El hombre levantó entonces el rostro y por primera vez Eva fue vista por el patrón, el dueño de la fábrica, el pinche gachupín gacho, don Jesús. La vio a los ojos, la recorrió luego hacia los pies y volvió a verle la cara, hizo una mueca inexplicable, pero que denotaba el desprecio más profundo y le aventó un sobre blanco, que quedó tirado a los pies de Eva. La muchacha sintió que los calambres de las manos le impedirían recoger el sobre, pero se agachó de todas maneras porque aún era observada por el patrón.

Eva entró temblorosa al taller donde permanecían sus compañeras y don Isidro en silencio, observándola. Cuando nerviosas sus manos y torpes sus movimientos lograron abrir el sobre, Eva comenzó a gimotear y el temblor de sus manos recorrió todo su cuerpo hasta ser evidente para las miradas de las obreras de la fábrica, quienes se acercaron a abrazarla. Eva les pasó la hoja de papel y echó una mirada de complicidad hacia don Isidro, que sólo hizo un movimiento de asentimiento y volteó a otro lado. Las muchachas todas sonrieron pero no se atrevieron a hacer ningún escándalo que pudiera llegar hasta don Jesús. –Ya ves que sí estabas estudiada y no querías decirnos –le dijo a Eva la mujer de mayor edad mientras la abrazaba y derramaba unas lágrimas. –Ándate chiquilla, ¿ya qué haces aquí –le dijeron las demás compañeras y Eva salió corriendo sin esperar ya por el pago de esa semana. Llegó corriendo a la secretaría de educación, que estaba tan sólo a unas cuadras del taller, donde ya la esperaban sólo cuatro compañeros de la federación.

Al ver a Eva llegar, Esther se echó a llorar mientras la abrazaba. Los otros tres compañeros esperaban su turno de abrazar a la camarada Eva, la secretaria general de la federación, pero Esther permaneció un rato asida de su amiga. –Ya sólo quedamos nosotros y ya nos vamos para Guerrero –dijo Sebastián sin sostener la mirada de nadie. El plantón se había ido reduciendo poco a poco, muchos compañeros estaban presos y la mayoría desaparecidos. Eva sonreía al ver a cada uno de ellos, pero sintió que la derrota los había alcanzado, sintió lástima por todos los ahí presentes, incluyéndose. –Ya no vamos a regresar a la normal, estamos todos expulsados. Nos volveremos a nuestros pueblos a ver qué hacemos, pero conseguimos ese nombramiento. Pensamos en ti, porque tú estás en la fábrica. De todos nosotros eres la más pobre, así que compañera vete para tu estado… –y ya no pudo Ricardo terminar la frase, porque ya estaba llorando abrazado de Eva. –Te fuimos a buscar a la fábrica, Evita, pero no dejaron que entráramos ni que te viéramos. Hasta creímos que no te iban a dar el sobre. –le explicó Esther mientras la soltaba y se acercaba a Sebastián para pasarle un brazo por la espalda.

Eva lloraba, veía a sus compañeros y no podía contener su tristeza, lo que sentía era tanto que ni siquiera cabía en todas las lágrimas que salían sin permiso de sus ojos. –Podríamos estar muertos, Eva, lo sabes. Si estamos vivos es porque otros se murieron o están presos. ¿Sabes cuántas de tus compañeras están detenidas? –le dijo Ismael a Eva mientras tomaba su mano. Eva levantó la mirada y sostuvo la de su compañero, pero guardó silencio. –Nadie lo sabe, nosotros tampoco, pero por eso volvemos, para estar con nuestra gente y con la de los compañeros-. –Sí, pero no es justo que ustedes se regresen así y yo… Sebastián no dejó que Eva terminara de hablar, porque, entrado en llanto, le dirigió una mirada que la enmudeció. Guardaron todos silencio, dejando que las lágrimas de cada uno de ellos hablara por sus palabras escondidas en el pecho. Se abrazaron por última vez, con la certeza de que no volverían a verse. Eva dio media vuelta y se fue por la calle, llorando, volteó a ver a sus compañeros y siguió andando, tarareando en su mente “to-ma-mu-cha-le-che” e intentando no pisar las líneas de la acera.

Ana Felix Pichardo

Hago parte de la Red de apoyo al Concejo Indígena de Gobierno (CIG) de Zacatecas. Participo en un colectivo adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Colaboro con la plataforma continental de comunicación Somos una América Abya Yala www.somosunaamerica.org Continuamente escribo poesía y crítica. Zacatecas, México.

Leave a Reply

Your email address will not be published.